ARTICULOS DE SALUD Y CUIDADO DE LA SALUD
El dominio de la culpa. Nos guste o no, suele jugar un papel muy importante en la toma de decisiones. ![]() miércoles, 26 de marzo de 2008 La culpabilidad es dolorosa. A nadie le gusta sentirse culpable. Sin embargo, es un sentimiento que nos atormenta, la mayoría de las veces en forma gratuita. Nos guste o no, la culpa suele jugar un papel muy importante en la toma de decisiones. El miedo a la culpa es tan grande que un individuo puede volverse demasiado responsable y limitar sus acciones a tan sólo aquellas que no le harán sentirse culpable. Alguien así hará todo por hacer felices a los demás sin ocuparse de sí mismo. Aunque se esconda tras la máscara del sacrificio, actúa sólo por miedo. Todo lo que hace o deja de hacer es para evitar sentirte culpable aunque esto signifique ignorar sus propias necesidades. Su concepto de correcto e incorrecto se basa en esta decisión. El miedo a actuar puede ser tan grande que le inmovilice. Es tan importante siempre hacer lo correcto que no puede tomar ninguna decisión, no vaya a ser la incorrecta. Esto incluye sus emociones, mismas que reprime cuando las considera incorrectas. El temor a la culpa suele ocultarse tras sentimientos de amor. Honestamente uno cree que es mejor servir primero a los demás sin ser consciente de que la culpa es el principal motivador de ese comportamiento generoso. Una cosa es sentirse responsable del daño que uno pueda causar, y otra es experimentar sentimientos de culpa por acontecimientos negativos que están fuera de nuestro control. Pero gravitamos hacia la culpabilidad con tal fuerza que la sentimos hasta por tener pensamientos que, en nuestro criterio, son negativos. Nos sentimos mal por no complacer, no ayudar, no hacer; por no responder a una situación de acuerdo al estereotipo del héroe que uno tiene; por no haberle dicho te quiero a alguien que ya no está. Los manipuladores utilizan la culpa para su beneficio. Su principal arma es el chantaje. Elaboran situaciones en las que uno creerá que sus opciones están limitadas porque muchas terminarán haciéndolo sentir culpable. El dolor de la culpa puede ser abrumador e inconscientemente tratamos de liberarnos de ella culpando a los demás. Cuántas veces no deseamos que otro se sienta culpable, “que le remuerda la conciencia”. En realidad se trata de un deseo de venganza, lo que queremos es que le duela y sí, la culpa duele. Cuando en una relación de pareja se utiliza la culpa para que el otro se comporte encantador, se ha confundido el amor con el dolor. La parte que chantajea no se da cuenta que el otro no está a su lado por cariño, ni siquiera por lástima. Lo está sólo por temor a la culpa. Tal vez donde la culpa interviene con más frecuencia es en la relación padres hijos. Una madre que tiene que trabajar se siente culpable por dejar a su hijo al cuidado de otros, después lo colma de regalos, no por cariño sino por intentar librarse de esa culpa. Un radioescucha que ha sido cruelmente golpeado por su madre cree que tiene que ayudarla a dejar el alcohol, “porque es mi madre” dice, aunque afirma que no la quiere. Detrás de la culpa siempre hay creencias irracionales como el no merecer ser feliz, el ser responsable de la felicidad de los demás, es malo sentir ira. Una de las creencias más dominantes es pensar que uno puede ofender a Dios, como si tuviéramos ese poder. La culpa que sentimos por estar bien cuando otros están mal viene de ideas adquiridas a muy temprana edad como cuando se le dice a un niño: "tienes que comerte todo lo que hay en el plato por que hay miles de personas en África que se mueren de hambre". Estas ideas crean una culpa sin remedio, porque finalmente, el niño se da cuenta que no importa cuanto deje o no en el plato, esas personas seguirán sin comer. Es necesario entender que "sentirnos mal" tampoco les dará comida. Si uno siente compasión, que no es lo mismo que culpa, puede ver qué puede hacer para ayudar, ocuparse en vez de preocuparse. Lo cierto es que la culpa no sirve absolutamente para nada. Uno debe reconocer el papel que la culpa está jugando en la propia vida y liberarse de su mandato. Para esto se requiere un buen grado de honestidad. No es fácil aceptar que se está actuando no por amor sino por miedo. Es necesario ser objetivo con uno mismo para poder tomar decisiones basadas en el pensamiento racional. Pregúntese alguna vez, si no sintiera culpa o temor a la culpa ¿qué haría? Extraido de esta web Mas articulos del señor, Dr. Ernesto Lammoglia un maestro psiquiatra, que la verdad nos da mucha luz en sus charlas, en la radio de mexico, y tambien esta en television. Aqui os dejo otro articulo sobre la patologia del poder. |
| La patologia de poder Uno de los principales síntomas de tal embriaguez es la ceguera. ![]() Las leyes de un país sirven para regular la conducta de sus habitantes de modo que la convivencia sea posible. Quien las infringe tendrá que pagar el justo castigo así que, para no meterse en líos, uno se comporta de acuerdo a esa serie de reglas establecidas. Pero existe otro código no escrito, el de la moral. Éste no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno o al respeto humano y se refiere a una conducta considerada correcta. Al conjunto de normas morales que rigen las acciones de un individuo lo llamamos ética. Por ejemplo, cuando hablamos la ética profesional, nosreferimos a un comportamiento recto en el ejercicio de la profesión. Este tipo de conducta responde a una serie de principios que el individuo tiene. Actúa correctamente, no porque exista una ley escrita que se lo ordene, sino por propio convencimiento. Cuando lo hace en contra de su moral obviamente se traiciona a sí mismo. El efecto del alcohol y las drogas, pueden hacer que alguien viole su propio código moral, hecho conocido y muy lamentable. Aquí, el cambio bioquímico que la sustancia provoca en el cerebro altera la conciencia. El sujeto ya no es el mismo. Hay otra droga igual de peligrosa o más. Lo curioso es que ésta ni se toma ni se inyecta ni viene en supositorios, sin embargo, es altamente adictiva y, en la mayoría de los casos, también hace que el adicto rompa su código moral. Es el poder. Todos hemos visto cómo la soberbia y la necedad se apoderan de aquellos que alcanzan la cima del poder. Uno de los principales síntomas de tal embriaguez es la ceguera. Dejan de ver la realidad, han perdido contacto con ella. Suelen olvidar su condición humana al grado de creerse indestructibles. No ven el ser despreciable en el que se han convertido. Otro síntoma de la enfermedad del poder es la sordera. El soberbio que se siente en la cumbre del mundo no oye más que lo que quiere; con frecuencia los halagos y mentiras quienes, aunque le desprecian, le lamen los zapatos. A la cúspide del poder se puede haber ascendido por mérito propio, por herencia o recomendación. Para el enfermo es igual, de cualquier modo presentará otro de los síntomas: la arrogancia. Ahora él es tan superior y los otros tan inferiores que los mira con repudio. Ahora bien, si lo que lo puso en su elevada silla fue el voto popular, el tamaño del globo de su soberbia alcanza tamaños monumentales. Para empezar olvida los conteos y cree que “todos” lo eligieron y están de acuerdo con su grandiosidad. Sus promesas de campaña, las buenas intenciones, las necesidades de la gente y su código moral han quedado relegados, desechados allá abajo donde viven los mortales. Él está embelezado en las alturas y disfruta dando órdenes. De eso se trata, de marearse al ver que sus sirvientes le obedecen, le agachan la cabeza. “No haga caso de lo que dicen los periódicos, el pueblo lo quiere”, los sabios consejeros lo tranquilizan, puede dormir tranquilo. Y al día siguiente más lisonjas y vamos bien, no haga caso de la oposición, son sólo unos cuantos. Si alguien se pasa de la raya, pues se le da su merecido, en la silla del poder todo se vale: mentir, matar, lo que sea. El código de ética desaparece como por encanto o se ha transformado de manera que lo que antes era incorrecto ya no lo es. Otro síntoma de la enfermedad que nos ocupa es la extraña creencia de que el poder es eterno. No cabe en la cabeza del adicto que se pueda terminar algún día por más que haya plazos establecidos. Cuando el fin asoma en el horizonte,su torre se tambalea. El pánico a la abstinencia aparece y nuestro enfermo comienza a perder los estribos. Ahora resulta que los que eran amigos ya no lo son, el rebaño de barberos dirige sus atenciones al que viene detrás. Comienza a ver que, del otro lado de la puerta, no lo espera un pueblo agradecido con vítores y agradecimientos, sino el repudio de la historia y el resentimiento de millones que se lamentan la mala pata de uno más que les resultó nocivo. Interesante resulta que, siendo una droga tan dañina, muchos la ambicionan y los que la consiguen se aferran a ella. Hasta donde sé, no existe un grupo de ayuda que se llame adictos al poder anónimos. No quiero decir que todos los que llegan al poder sean víctimas de esta enfermedad, al igual que en otras adicciones, debe haber un tipo de predisposición. Pero sí que se pongan el saco a los que le quede que son muchos. Muchos que han perdido la oportunidad de beneficiar a su país, de responder a la gente que confió en ellos. Mas articulos interesante de este psiquiatra, que me parecen muy interesante para compartir con todos los navegantes, seguimos con un articulo titulado "Cuando los hijos son instrumento de venganza". El daño psicológico que esto les causa es tremendo. |
| Cuando los hijos son instrumento de venganza. El daño psicológico que esto les causa es tremendo. ![]() Dr. Ernesto Lammoglia Por: Dr. Ernesto Lammoglia martes, 25 de marzo de 2008 Si bien un divorcio suele traer tranquilidad a hogares en los que se vivía bajo tensión, también puede convertirse en todo un infierno para los hijos. No es raro ver a muchas madres que, tras la separación, no pueden tolerar su frustración y, menos aún, sentirse rechazadas. Cuando el marido se va de la casa, ella se ve arrebatada por una furia iracunda. Su deseo de venganza es abrumante y, día con día, alimenta su odio y su resentimiento. La destrucción de quien la ha abandonado se vuelve su único objetivo en la vida y se lanza al ataque como un tornado que arrastra de paso a sus hijos y hasta a ella misma. Estas madres, adoptando el papel de víctima, convierten a sus hijos en su arma más poderosa para vengarse y los utilizan para castigar a su exmarido sin importarles el grave daño que les está haciendo. Una de las técnicas más perversas es ponerlos en contra de su padre. Los convence de que es un maldito, que los ha abandonado, que no le importan, que no les provee lo suficiente y los hace víctimas de un chantaje sutil pero constante. Muchos padres divorciados utilizan a sus hijos como correo poniéndolos entre la espada y la pared. El daño psicológico que esto les causa es tremendo. Por un lado han sido utilizados por la madre, no amados, y es importante aclarar que estas dos cosas no se combinan porque una de las características del amor es no utilizar al ser amado. Por otro lado, se les ha enseñado que la madre es quien los ama y que el padre no los quiere. Pero, en el fondo, como la realidad no coincide con lo aprendido, se encuentran muy confundidos y esta confusión acerca de lo que es el amor les causará problemas en sus futuras relaciones. Un estudiante de psicología cuenta que pasó su carrera estudiando casos de otros pero, más adelante, cuando quiso ser psicoanalista y tuvo que someterse él mismo a un psicoanálisis, se dio cuenta de que, en realidad, odiaba a su madre y vio claramente cómo ésta lo había utilizado de la manera más retorcida. Nunca hubo pruebas de la maldad que ella le atribuía a su padre y, aunque no lo amaba, hubiera querido tener la oportunidad de relacionarse con él, oportunidad que su madre le había quitado. Esto ocurrió hace varios años y aún narra su experiencia con asombro: “No es que ahora quiera idealizar a mi padre, es simplemente que antes las piezas no encajaban. Mi padre era un abogado muy querido, la prueba fue que, en su funeral, la capilla del velatorio se llenó de coronas de organizaciones de obreros y campesinos a los que había ayudado. Y no eran de compromiso porque había mucha gente llorando. Mi madre decía que él era un tacaño pero jamás me negó nada, nos dejó una casa y me pagó las mejores universidades. Por otro lado, ella se dedicó a no hacer nada, nunca hizo un esfuerzo para lograr algo y se pasaba el tiempo rumiando su odio o envenenándome contra él. Y es que realmente se trata de un veneno que todavía no he logrado sacar completamente de mis venas. Dejé de odiar a mi padre pero aun no logro dejar de odiar a la medusa de mi madre”. El chantaje de una madre así puede llegar a tal grado que acorrale al hijo para que nunca se independice. Estas madres suelen ahuyentar a cualquier prospecto de pareja que aparezca, o bien se enferman cuando sus hijos empiezan a hacer planes para salir de casa. Otra técnica para fastidiar es enfermar al niño. El padre tiene que salir corriendo a las tres la mañana porque le han avisado que su hijo está grave y ya va rumbo al hospital. A la mera hora no era nada pero la escena se repite frecuentemente, sobre todo a mitad de una cena o un viaje. El daño psicológico que se hace a estos niños utilizados es enorme. Cuando llegan a la edad adulta se comportan según los modelos aprendidos y los resultados son nefastos. Les es muy difícil aceptar la maldad disfrazada de una madre que navegaba con bandera de santa sufrida y abnegada. Muchas mujeres se casan y viven esperando que, de un momento a otro, les suceda lo mismo, que su príncipe se convierta en sapo y las abandone. Viven a la defensiva y esto hace que sus relaciones fracasen. Estos niños y niñas no son felices. La batalla en medio de la que se encuentran va minando su autoestima y en el fondo se sienten tremendamente solos. Los golpes emocionales que reciben dejan heridas muy profundas aunque no se vean a simple vista. Como dije antes: son utilizados, no amados. Mas articulos La tortura de los celos.Se definen comomiedo.En forma patética los confunden con el amor. |
La tortura de los celos. Se definen como miedo. En forma patética los confunden con el amor. ![]() martes, 15 de enero de 2008 Tal vez todos hemos sentido celos en algún momento de la vida, lo que varía es la intensidad. Se trata de una experiencia emocional frente a la amenaza de ser desplazado, en el afecto o consideración, de aquellos que revisten importancia en nuestra vida. Toda dependencia crea un afán de posesión y con éste nace el miedo a la pérdida. Así, los celos no son otra cosa más que miedo. En forma patética, muchos los confunden con el amor. La verdad es que responden a nuestra inseguridad. Los celos han jugado un papel muy importante en las relaciones humanas. Los antiguos griegos los consideraban parte de la personalidad de los mismos dioses y han sido causa de muchos asesinatos. La literatura mundial ha descrito los celos en múltiples obras, desde las obras de Shakespeare hasta los cuentos de Las Mil y Una Noches. La pasión arrebatadora de los celos es tan imponente que en muchas legislaturas se les ha considerado un atenuante para la condena criminal. Si los celos se salen de control, el individuo se obsesiona y busca desesperadamente las pruebas de sus sospechas atormentando a su pareja con continuas acusaciones y persecuciones. Ve la conducta del otro con un lente de aumento y la interpreta en forma distorsionada. Un incidente insignificante, la más leve sospecha, se convierte en una prueba de infidelidad. Todo comienza con un pensamiento de desconfianza que toma posesión de su mundo. Después no puede detener el bombardeo de su mente hasta que toma una actitud persecutoria buscando la confirmación de sus sospechas. Su conciencia se nubla y sus conclusiones no tienen nada que ver con el sentido común o la realidad. Cuando los celos provocan que se desorganice la rutina afectando las relaciones personales y la productividad, estamos frente a un caso de paranoia delirante. El individuo hace de la vida cotidiana un infierno. La suya y la del otro. Se trata de un cuadro delirante crónico que, a diferencia de la demencia precoz (esquizofrenia), se cursa sin deterioro ni alucinaciones. Se le conoce como delirio celotípico y consiste en transformar una relación de dos en una de tres, con la introducción de un tercero sobre el que el delirante proyecta todo su ocio y su frustración. El enfermo vive inmerso en un trabajo de interpretación de lo que ve, se dedica a tratar de descubrir engaños. En base a sus conclusiones distorsionadas, falsos recuerdos, ilusiones de la memoria y errores en la interpretación, el delirante puede llegar a comprobar la mentira, es el momento en que se puede dar el crimen pasional. Si llega a confirmar sus sospechas se encontrará con la satisfacción de haber tenido la razón y, a la vez, con el profundo dolor de haber sido engañado. Se puede decir que el delirante tiene perturbada su vida en forma general, en lo instintivo, en lo biológico y en lo social relacional. La desconfianza lo atormenta y está convencido que su razón es universal. Todo lo interpreta a su manera, pero en un grado superlativo. Su principal mecanismo de defensa es la negación de la realidad. En su actitud recelosa y desconfiada, es incapaz de cotejar su realidad con otra, no puede asumir la situación hostil que tiene y la proyecta a los demás, son ellos los que provocan, no él. Los síntomas de este delirio (interpretaciones, percepciones, intuiciones, etc.) son adjudicables a una patología de las creencias, pues más que ideas delirantes son creencias delirantes, de allí lo irreductible del delirio. Su convicción pasional desborda la realidad y todo se reviste de significaciones que irán incluyéndose progresivamente en su delirio. Sus percepciones en cuanto a estímulos exteriores es correcta, su interpretación es absurda. Llega a conclusiones fatales basadas únicamente en aquello que supone. Pasa por alto aquel hecho que Dostoievski planteaba: “Cien conejos no hacen un caballo, cien sospechas no hacen una prueba”. La vida del celoso delirante se convierte en un desastre antes de que acepte que necesita ayuda. Le es muy difícil aceptar que el problema no es lo que el otro hace sino lo que él siente en relación con eso. Si a usted su pareja le controla por celos, si le regala un celular para vigilar todos sus movimientos no se engañe, no es una muestra de amor. No importa lo que usted haga para demostrarle su fidelidad, jamás logrará convencerle. Padece de un trastorno delirante crónico que, sin ayuda profesional, sólo aumentará con el tiempo. |
El niño necesita congruencia. Debe considerarse digno de amor y valioso por existir. El niño necesita congruencia. ![]() martes, 15 de enero de 2008 Los consultorios psiquiátricos están llenos de pacientes cuya autoestima fue dañada en la infancia. Para que un niño se estime a sí mismo es necesario que se considere digno de amor y valioso por el mero hecho de existir. No se trata de que se crea mucho sino de que se sienta tranquilamente cómodo de ser quien es. El niño que posee una autoestima elevada es el que más probabilidades tendrá de triunfar en la vida ya que es el factor que decide el éxito o el fracaso de cada individuo como ser humano. Toda defensa no es otra cosa que un arma psicológica contra la ansiedad, el temor, la inseguridad, la ineptitud y todo aquello que hace que una persona no se estime a sí misma. Los niños con carencia de afecto viven en un conflicto casi continuo ya que han tenido grandes dificultades para manifestar sus impulsos y para poder expresarse en su entorno de modo armónico y espontáneo. Puede darse en ellos una confusión y un desajuste entre el plano del deseo y el de la realidad concreta, originándose un desequilibrio básico permanente que les lleva a instalarse en una personalidad de tipo narcisista. El niño aprende a verse a sí mismo como lo ven las personas importantes que lo rodean ya que éstas conforman su mundo. Cree lo que dicen y así forma la imagen que tiene de su persona. Un niño que escucha continuamente que es un tonto se creerá tonto y actuará como tal debido a su necesidad de congruencia. Todo padre que se preocupe por sus hijos debe ayudarlos a creer firme y sinceramente en sí mismos. Todos aquellos con quienes el menor convive, constituyen modelos y fuentes de información a partir de las cuales creará su propia imagen. Cuando recibe dobles mensajes por parte de quienes lo rodean no puede ubicarse en la realidad. Ante esta confusión, va a utilizar la fantasía como una defensa natural. Un ejemplo es cuando la mamá no es congruente con lo que dice y su forma de actuar. Los dobles mensajes desconciertan al niño, no puede traducirlos y esto se traduce en inseguridad. Cuando el menor no sabe lo que puede suceder, o sea que vive en un entorno poco predecible, la incertidumbre le genera ansiedad. Los padres deben ser coherentes, congruentes y predecibles. Los apodos pueden ser devastadores y convertirse en una carga. Es el caso de María Inés, la menor de tres hermanos. Alguien comenzó a decirle “pulga” sólo por ser la más chica. Desde entonces, nadie la llamó por su nombre y fue “la pulga” hasta en la universidad. Acudió a terapia cuando se dio cuenta que se sentía tan inferior a todos que no podía relacionarse con ningún hombre. La imagen que tenía de sí misma era exactamente la de una pulga, un insecto diminuto y nada apreciado, ni siquiera por los perros. La conducta del niño se ajusta a su auto imagen. Si el menor se convence de no ser bueno, se verá obligado, por necesidad de ser congruente, a evitar que le lleguen mensajes positivos. El niño que crece con la convicción de no ser útil buscará una forma de conducirse adaptativa. Es posible que desarrolle conductas como robar o adoptará una posición que va en contra de todo, nunca se le verá de buen humor y tendrá arranques de rabia. Estos niños no pueden desarrollar una relación profunda, todas sus relaciones suelen ser superficiales. Quieren integrarse pero no lo consiguen y se desesperan fácilmente. Más adelante, se convertirán en adultos fantasiosos, soñarán con ser muy ricos pero no harán nada para lograrlo. Los niños que reciben dobles mensajes acerca de lo que son no pueden estructurar una identidad consistente. Padecen lo que se llama difusión de identidad, o sea que se van fusionando con la de otra persona. Al no tener una identidad propia buscan repetir otras identidades. El vacío de la falta de identidad es muy angustiante. El niño hace un intento desesperado por sentirse y ser como el otro, por apropiarse de su identidad porque se siente "como iglesia abandonada: sin cura", como dice el doctor Marco Campuzano. Para que un niño pierda la autoestima se requiere que reciba muchos mensajes negativos durante mucho tiempo. Si vive en un clima de aceptación y experiencias de éxito, podrá crecer con la mejor herramienta para enfrentarse a la vida: una autoestima elevada. La seguridad personal le dará el valor y la energía necesarios para enfrentar cualquier reto; le permitirá esperar vencer y actuará en consecuencia. La creencia en sí mismo asegura al niño mejores resultados en sus relaciones con los demás. De este modo, es más probable que alcance la felicidad. Mas articulos, otro titulado Relaciones de deuda. Hemos convertido las señales afectivas en una moneda de canje. |
| Relaciones de deuda. Hemos convertido las señales afectivas en una moneda de canje. ![]() domingo, 03 de febrero de 2008 La historia de las relaciones humanas es compleja. El proceso de civilización no fue planeado por la humanidad con metas y objetivos claros. Las necesidades, ideas, emociones y acciones de millones de individuos se han entrecruzado de modo continuo en relaciones de afecto o antipatía, cariño o desprecio, amistad o enemistad. Este intercambio de sentimientos ha originado cambios fundamentales en la historia que nunca fueron planeados. De esta interrelación de los seres humanos se ha derivado un tipo de orden en el que se dan alianzas y asociaciones que van desde la pareja hasta la formación de un país. Por siglos y hasta antes de la Edad Media, los individuos tenían poco contacto entre ellos. Su vida se estructuraba en función de un espacio relativamente pequeño. A partir de ahí, y especialmente en las últimas décadas, la estructura de las relaciones humanas se ha intensificado a tal grado, que para la mayoría de los actos cotidianos se hace indispensable la colaboración mutua. Cada vez más, dependemos unos de otros para la supervivencia individual. Así, hacemos contacto con un gran número de individuos, a veces en un solo día. Muchos de los intercambios que hacemos parecen indiferentes a nivel emocional, pero no es así. Toda relación, por breve que sea, lleva una carga emocional implícita. La cajera del banco, el chofer del autobús, el portero del edifico, cualquiera, nos cae bien o mal, nos agrada o no. Intercambiamos gestos que expresan nuestro sentir con cada uno y siempre hay un efecto. La religión cristiana incorporó al orden de la civilización la noción de culpa. Un sentimiento generado como mecanismo de autocontrol. La propagación de éste, reduce y subordina las relaciones humanas a la intensificación de una sola moral. Seamos conscientes o no, el temor a sentirse culpable o la intención de generar culpa en el otro, rige la mayoría de nuestros intercambios afectivos convirtiendo las relaciones en situaciones, como decía Nietzche, de acreedor-deudor. Emitimos señales afectivas esperando algo a cambio y nos sentimos en deuda cuando las recibimos. Sin embargo, no siempre se recibe lo que se espera y esto es causa de frecuentes y variados conflictos en las relaciones humanas. Hemos convertido las señales afectivas en una moneda de canje. Las utilizamos como medio para obtener algo o con el fin de incentivar la reciprocidad en el intercambio afectivo. Buscamos que el receptor de las mismas experimente una obligación para compensar el gesto recibido. Cuando sentimos un afecto real por otro, más vale que se lo demostremos o corremos el riesgo de no ser compensados. Sonrisas, saludos, expresiones de buenos deseos y una gran cantidad de señales poco sinceras se intercambian para conseguir que otros cumplan nuestros deseos. Esto no tiene nada que ver con una capacidad afectiva real. Son mensajes engañosos que tratan de alterar nuestro estado emocional. Hoy en día, los medios de comunicación nos bombardean con mensajes cuya finalidad es manipular nuestras emociones. Las campañas de publicidad, y las políticas que son lo mismo, no apelan a la razón, se dirigen a nuestro sistema emocional. Pretenden que una madre se sienta culpable si no le da a su hijo su producto, o que uno se sienta con el deber de adquirir las marcas que patrocinan obras de beneficencia. El famoso día de las madres fue inventado por comerciantes con esa intención. Y funcionó, por eso no se cansan de inventar el día para todo aquello que pueda generar un sentimiento de deuda: el padre, la secretaria, el niño, el médico. La moneda del afecto se ha infiltrado en nuestras relaciones interpersonales sin apenas darnos cuenta. Tratamos de engañar el sistema emocional de la pareja, los padres, los hijos, el jefe, el compañero de trabajo y hasta el del policía para que las cosas discurran según nuestros intereses. Actuamos y bailamos la danza del afecto fingido para conseguir que alguien no se enfade, aunque tenga motivo para ello. Al haber convertido las señales de afecto en moneda aprendimos a reprimir la expresión de las emociones reales cayendo en una especie de rigidez conductual igualmente falsa. Tanto pretender demostrar que uno siente lo que no siente, como fingir que no siente lo que es real es agotador, aunque con la práctica, se convierta en hábito. Este tipo de comportamiento se ha vuelto requisito fundamental para las relaciones lo cual implica que tengan que practicarse dentro del plano de las obligaciones, del acreedor-deudor con todo el estrés que mentir conlleva. Expresar la verdad da paz interior. La economía del afecto nos aísla y confunde. El verdadero afecto no espera nada a cambio ni se siente en deuda con nadie. Hasta aqui algunos de los articulos de un gran terapetua, psiquiatra, que desde mexico, trasmite en internet y en la television, espero que os haya gustado, en el apartado de la izquierda teneis algunos articulos tambien de personas, que como yo trabajamos para ese crecimiento interior, creo que cada uno de nosotros debemos de darnos cuenta, lo importante que analizarse, meditante la meditacione y cada vez son mas los medicos que la recetan a sus pacientes. |
